EL ESCÁNDALO DE ALFONSO XIII QUE EXPLICA LA PROMESA || CRÓNICAS DE #LaPromesa #Series
Cuando nos sentamos frente al televisor cada tarde para seguir los dramas de La Promesa, nos dejamos seducir por las intrigas, el honor, las apariencias sociales y las pasiones prohibidas que definen la vida en el palacio ficticio. Sin embargo, a veces olvidamos que la ficción, por muy dramática que sea, suele quedarse corta ante los anales de nuestra propia historia. Si los pasillos de La Promesa nos parecen un nido de víboras y secretos, la Corte Real española en 1917 era un escenario donde la tragedia, la humillación y el cinismo no eran guiones escritos, sino el pan de cada día bajo el reinado de Alfonso XIII y su esposa, Victoria Eugenia de Battenberg, conocida cariñosamente como “Ena”.
Al adentrarnos en las páginas de obras como Ena, de la historiadora Pilar Eyre, nos damos cuenta de que el rey Alfonso XIII distaba mucho de ser el monarca ejemplar que la propaganda de la época intentaba vender. Su vida privada no fue un caso de simple indiscreción, sino un estilo de vida que rozaba el escándalo permanente. Desde muy joven, el rey fue introducido en los burdeles de Madrid como un rito de paso, una práctica que marcó su visión de la mujer y sus futuras relaciones sexuales. Lejos de la caballerosidad que exigía su cargo, el rey mantenía una promiscuidad pública que era vox populi en las calles de Madrid, contrastando salvajemente con una España conservadora, católica y asfixiada por el peso de la “honra”.
La figura trágica de esta historia es, sin duda, Ena. La joven princesa británica llegó a España impulsada por un amor genuino y una ingenuidad que pronto se convertiría en una cárcel de terciopelo. Para ella, el matrimonio con Alfonso no solo significó un choque cultural entre su educación inglesa y la rigidez de la corte española, sino el inicio de una vida de soledad emocional. Mientras ella lidiaba con la insoportable presión de traer al mundo un heredero sano —enfrentándose al horror de la hemofilia que afectaba a sus hijos—, su marido la sometía a un escarnio constante. Los testimonios históricos recogen vejaciones que resultan difíciles de procesar: desaires públicos, burlas sobre su incapacidad de engendrar hijos “fuertes” y una frialdad sexual que, según crónicas de la época, incluía comportamientos denigrantes en la intimidad.
Uno de los momentos más reveladores de esta desconexión entre la corona y la realidad del pueblo ocurrió el día de su boda en 1906. Mientras el carruaje real avanzaba por las calles de Madrid, un atentado con bomba lanzado por el anarquista Mateo Morral sembró la muerte y el caos a su paso. Los relatos de cómo los caballos quedaron destrozados y cómo la sangre salpicó el traje de novia de Victoria Eugenia son aterradores. Sin embargo, lo que realmente marcó la ruptura definitiva entre la monarquía y el pueblo español no fue el atentado en sí, sino la respuesta de los soberanos: en lugar de mostrar compasión y decretar luto, la realeza continuó con los banquetes y las recepciones programadas como si nada hubiera ocurrido. Fue, como la propia reina recordaría años después, el primer paso hacia su eventual exilio; fue el momento en que la corona dejó de ser un símbolo de protección para convertirse en un ente ajeno al sufrimiento de su nación.

Al comparar esta historia con La Promesa, entendemos por qué el drama histórico sigue siendo un género tan potente. En nuestra serie favorita, las normas de etiqueta y el estatus social dictan la vida de los personajes, pero en la realidad histórica de Alfonso XIII, esas mismas normas eran una máscara que ocultaba una podredumbre moral que habría arruinado a cualquier otra familia. La “doble moral” era la moneda de cambio: se exigía una castidad virginal a las mujeres de la alta sociedad, mientras el jefe del Estado convertía el adulterio en su pasatiempo principal.
La vida de Ena en la corte de Madrid fue, en esencia, un encierro psicológico. Vivir sabiendo que el Madrid entero murmuraba sobre las aventuras de tu esposo es un tipo de violencia silenciosa que las crónicas palaciegas rara vez se atrevieron a narrar con la crudeza que merece. Lo que Eyre pone sobre la mesa es la humanidad de una mujer que intentó encajar en un molde diseñado para aplastarla, rodeada de una suegra desconfiada y un marido que no la veía como a una compañera, sino como a un objeto de prestigio internacional que no había logrado cumplir su cometido.
Hoy, cuando vemos los giros de guion en La Promesa, donde la verdad está siempre a punto de salir a la luz, debemos recordar que la realidad histórica de Alfonso XIII y Ena nos enseña que, a menudo, la verdad no solo es impactante, sino profundamente triste. El brillo de la corona no lograba ocultar las sombras de un matrimonio roto y de un rey que, en su búsqueda de placeres mundanos, olvidó que su verdadera responsabilidad era hacia aquellos que sufrían en un país que se desmoronaba. Quizás esa es la lección más valiosa: detrás de cada palacio, de cada vestido de seda y de cada banquete, siempre hubo, y siempre habrá, una historia humana de luces y, sobre todo, de inmensas sombras.